Por una vez voy a contar un cuento.
(…)
Era la Democracia, que había llegado a la ciudad. Sobre sus tanques de siete
leguas, con su coro de aviones y misiles, alzada gloriosamente sobre un escaño
de cráneos, anunciaba con altavoces la nueva ley de la nación: “Hay más muertes
que la Muerte y la Democracia es la más fuerte”….
Hace
cuatro años, el cielo de Bagdad se volvió negro y al poco comenzó a iluminarse
con los estallidos de las bombas americanas
que traían la “democracia”. De nada había servido que la ONU se hubiera
negado a apoyar la intervención, de nada había servido que los inspectores
acreditados por el organismo internacional hubiesen afirmado que el régimen de
Saddam no tenía armas de destrucción masiva; las voces de millones de personas
que se habían alzado contra la guerra en todo el mundo habían sido desoídas y
los gobiernos de Bush y Blair, junto a su Coalición
de los dispuestos, desataron la cruel barbarie de la guerra sobre Mesopotamia
masacrando a miles de civiles inocentes.
¿Porqué no podemos vivir en paz?,
preguntaba una mujer iraquí, ¡Alláh, ayúdanos!
suplicaba ante las cámaras que grababan un documental poco antes de la guerra; ¿Qué les ha hecho esta niña?, ¿acaso es ella
una terrorista? preguntaba semanas después un hombre sosteniendo el cuerpo
mutilado y sin vida de una niña de no más de diez años en sus brazos; ¡No a la guerra!, ¡no a la guerra!
seguían gritando millones de voces a lo largo y ancho del planeta. Pero el
ruido de las bombas era terrible y enmudecía todas estas voces, y, aún sin
ellas, los oídos de los presidentes y generales sólo servían para escuchar
tambores de guerra y consejos de las grandes multinacionales que sufragarían
los gastos.
Terrorismo,
armas de destrucción masiva… excusas. A la muerte siempre se le ha identificado
con el negro, y tan negro como esta es el petróleo por el que mueren los
iraquíes; pero más negra es la Democracia y más negro es el futuro en este país
de mártires cuyas vidas, a ojos del capitalismo imperial, parecen tener menos
valor que el del petróleo que se extrae manchado de sangre en los campos
iraquíes.
Ahora,
cuatro años y 650.000 muertos después, en Irak llueve sobre mojado; bombas
sobre bombas, muertos sobre muertos; todo agravado por una guerra civil que, si
bien no es reconocida por las fuerzas de ocupación, es firmemente alentada por
estas con la esperanza de que entre las facciones enfrentadas hagan el trabajo
sucio al Imperio mientras este se asegura desde la cómoda y blindada posición
de la Zona Verde de que todas las riquezas de la zona son expoliadas mientras
la población muere de hambre cuando no son asesinados o encarcelados por las
fuerzas de ocupación.
Y
ya incluso en los lugares de origen de estos mercenarios del Capital, en los
centros de poder del llamado Primer Mundo, comienzan las voces a tomar cada vez
más fuerza gritando contra la barbarie provocada por la ambición de unos pocos
aunque, evidentemente, no porque esté mal masacrar a un pueblo entero con malas
excusas para robarles sus recursos, sino porque está mal que maten a “nuestros
chicos”. Hay que ver, que malos que son los iraquíes, que fanáticos que se
cargan de bombas y se lanzan contra “nuestros chicos”, los mismos chicos que
han asesinado a sus padres e hijos, los mismos chicos que han violado a sus
mujeres e hijas. Qué estúpidos deben ser para preferir al demonio Saddam antes
que las maravillas de la democracia que tan esforzadamente les llevamos
pidiendo a cambio únicamente su país, sus riquezas y sus vidas.
En
realidad, a pesar de que no es nada nuevo, no deja de resultar irónica y
sorprendente la escala de valores marcada por Wall Street; ahora resulta que
asesinar niños inocentes es democratizar y luchar contra el terrorismo, pero
por el contrario plantar cara a los soldados que vienen a destruir tu casa y
violar a tus hijas es terrorismo. Ahora resulta que ignorar la voz unánime de
tu pueblo, en el que se supone reside la soberanía, es fomentar la democracia,
pero protestar junto con el 90% de la ciudadanía es realizar actos subversivos
y apoyar a al-Qaeda, la misma organización que en sus inicios fue armada,
entrenada y financiada por la CIA. Ahora resulta que no apoyar el genocidio de
las potencias occidentales en Irak, en Afganistán, en Palestina… es ser
antidemócrata, antisemita… antitodo.
Por
mi parte pues lo siento, seguiré apoyando al pueblo Palestino o iraquí o
libanés, o el que se tercie; seguiré oponiéndome a la ocupación en Irak, en
Gaza, en Cisjordania. Seguiré oponiéndome a la “Democracia”, a su democracia y
a la democratización directa, directamente impuesta por medio de las bombas y
la muerte, de cualquier parte del mundo; seguiré saliendo a la calle a
manifestarme, recogiendo firmas y haciendo cualquier cosa que esté en mi mano
para detener la dinámica asesina del Imperio del Capital. No sé, supongo que
aún me queda algo de eso tan difícil de encontrar en nuestros días llamado
dignidad.
Laurent de Lioncourt
…Al final del cuento, todos los días, las madres de
Bagdad, de Ramada, de Al-Qaim, de Faluya, les dicen a sus hijos con una brecha
en la voz: “Cava, niño, cava, que la Democracia acaba de degollar a tu padre en
el salón”.
Extramuros:
La muerte en Bagdad, o de cómo la democracia dejó sin trabajo a la peste
Santiago Alba
Rico

